DESDE SAN AGUSTÍN, LA HERMANDAD DEL NAZARENO

DESDE SAN AGUSTÍN, LA HERMANDAD DEL NAZARENO

Autor: hermano menor. 10 de Febrero de 2004

Crónica de un pasado esplendor vagamente conservado en el recuerdo.

Hola, mi nombre es Nicolás, algunos de vosotros ya me conoceréis, otros no tanto y muchos ni tan siquiera habréis oído hablar de mí. Pero no vengo hoy a instruiros sobre mi persona, ni sobre mis hechos, hoy quiero contaros lo acaecido con mis hermanos y su convento, sí, aquel que levantaron en El Puerto, no sin poco sufrimiento, allá por el XVI si mal no recuerdo.

Existía en El Puerto una cofradía hospitalaria de la Encarnación que poseía un hospital para la acogida de enfermos y a su lado la pequeña capilla que solían tener todos estos establecimientos. El lugar era excelente, pues se encontraba en el centro de la población y muy cerca del río. Así la comunidad religiosa que allí se estableciera tenía aseguradas las limosnas tan necesarias para su buen desarrollo.

De cómo se establecieron allí mis hermanos no se deciros con certeza, pero el hecho indudable es que el 14 de enero de 1574 ya se encontraban en dicho lugar, y os lo puedo así asegurar porque ese día salimos en los papeles –como vulgarmente se dice- pues dejamos constancia de ello nada más y nada menos que en el cabildo municipal celebrado en dicha fecha (libro capitular 2º de los conservados, Fol. 207 v.º.) cuando se trató el asunto de la solicitud de expulsión de la comunidad Agustina efectuada por el síndico procurador mayor de la villa, D. Bernardino de Villalobos, argumentando que los religiosos habían entrado en el hospital contra la voluntad de los cofrades de la Encarnación y sin licencia del duque de Medinaceli.

Mis hermanos los frailes se opusieron a abandonar el hospital resistiéndose al desalojo, llegando incluso a recibir en algunos momentos maltrato por parte de la autoridad. Después de  la expulsión acudieron a la casa ducal, obteniendo, tras numerosos informes, una orden del señor de la villa instando a que los agustinos fuesen recibidos pacíficamente y a desistir el pleito incoado en la chancillería de Granada, quedándose los cofrades en la calle, el hospital transformado en convento y los regidores municipales totalmente desautorizados para el caso. Menos mal  que tomando las cosas con filosofía, no solo obedecieron sin réplica sino que reconocieron la utilidad de los servicios que prestaban a la villa los religiosos y tomaron acuerdos de gran importancia, manteniéndose desde entonces y hasta la exclaustración unas magníficas relaciones entre munícipes y agustinos.

Una vez establecidos en el hospital, lo primero que hubieron de hacer mis hermanos fue transformar la iglesia realizando capilla mayor y coro nuevos, siguiendo la práctica estilada entonces de dos altares en dicha capilla, uno principal sobre un arco y otro secundario bajo éste y al nivel de la nave.

Se hicieron cargo del patronato de la capilla el capitán D. Diego de Medrano, caballero santiaguista, y Dª. Constanza de Carvajal, su mujer, dotándola suficientemente. Acudieron otros devotos de la orden con sus aportaciones económicas, y la viva devoción que entre los portuenses despertó mi humilde persona hizo el resto, llegando un gran número de limosnas y donativos a la iglesia.

Inmediatamente me erigieron cofradía y ésta me levantó altar con trazas de cierta suntuosidad, a juzgar por el contrato del mismo fechado en 12 de febrero de 1590. En dicha fecha y ante el escribano D. Alonso Pérez fue concedido sitio a la hermandad que me rendía culto para hacerme altar, teniendo lugar en ese mismo día y ante el mencionado escribano el oportuno concierto de obra. En 17 de agosto del mismo año –reconozco que aquel día me emocioné un poco- se otorga compromiso de no consentir se saque del convento la cofradía de San Nicolás de Tolentino. No sentí nada de vanidad y sí mucho de agradecimiento.

La formación de cofradía, erección de altar y los innumerables favores otorgados me hicieron tremendamente popular siendo extrañísimo por aquellos años el testamento que no consigna algunas misas en mi altar de San Agustín o limosnas para el culto a partir del último decenio del s. XVI. Unido mi culto a la memoria de las Ánimas del Purgatorio y éstas consideradas protectoras de los navegantes, se comprende la devoción grande que desperté especialmente entre la gente de la marina.

Como digo, no había testamento en el cual no se hiciera constar algún tipo de manda o donación para la cofradía creada en mi honor, siempre a mayor gloria de Dios, y en uno de ellos se hace una mención especial, en la cual quisiera detenerme un momento para indicaros algo. Se dispuso en una mención testamentaria de D. Juan Carrillo ante D. Alonso Pérez de 4 de mayo de 1593 lo siguiente: “Ytem mando me entierren con la túnica de los nazarenos y la sinta de señor sant agustín, porque desde luego lo pido”. Esto nos pone en la pista de la existencia en El Puerto de los “nazarenos” a imitación de la cofradía de Santa Cruz en Jerusalén, de Sevilla.

Eran conocidos como “nazarenos” porque así fueron llamados los cofrades de la Primitiva Hermandad de los Nazarenos de Sevilla, fundada en 1340. Aquellos primitivos cofrades sevillanos vestían túnica de angeo de color morado, sin bruñir, tosca soga de esparto ceñida a la cintura, y el rostro cubierto por una cabellera de cáñamo, que sujeta a las sienes una corona de espinas, todos  cargaban con una pesada cruz y llevaban los pies descalzos, este singular atuendo, imitación del de Jesús, dio origen al nombre de «nazarenos» con el que se designan a los penitentes de la Semana Santa. Ya en 1570 estos nazarenos sevillanos procesionaban llevando imágenes consigo sobre parihuelas y en 1574 son reordenados como cofradía de Jesús Nazareno y Santa Cruz en Jerusalén, de la cual se toman prontamente referencias en El Puerto creándose como tal hermandad en nuestro convento de San Agustín, aproximadamente sobre 1580, y convirtiéndose en filial suya a partir del año 1824 al ser declarada aquella como Archicofradía. El Papa  León XII, por Bula de 16 de julio de dicho año, concedió el uso de los títulos de Archicofradía, Primitiva y Pontificia, facultando a la sevillana Archicofradía para agregar a sí a cualquier otra hermandad o cofradía, cualquiera que fuese el lugar de su radicación, y comunicarle todas las gracias e indulgencias que aquélla tuviera concedidas, siempre que lo solicitase y tuviera igual advocación. 

Pero volvamos con mis hermanos al monasterio para ver cómo ya en pleno s. XVII el templo conventual de San Agustín experimenta la necesidad de una ampliación y reconstrucción totales, pues el primitivo, a pesar de las agregaciones de capilla mayor y altares, no solo resulta insuficiente sino de crecido costo por las reparaciones constantes que exige. Se tardó en decidirse, pues la obra se presentaba larga, de crecidas expensas y no exenta de dificultades, pero ayudada la comunidad con algunas limosnas y contando con lo que produciría la venta de las capillas, se acordó levantar un grandioso templo, todo en piedra tallada de severa arquitectura, ancha y esbelta nave decorada con pilastras dóricas, amplio crucero cerrado por valiente cúpula y fachada, que cerrando la calle Alquiladores, constituía con sus grandiosas columnas en cable sobre pedestales, su cornisa y frontón proyectados en curvo y la sobria portada coronada por una estatua colosal del titular del convento y fundador de la Orden, un conjunto verdaderamente monumental.

La construcción se comenzaba en los últimos días de 1646 ó primeros del 47 y duró largos años, no inaugurándose hasta 1676 aproximadamente, no me es posible –a veces me falla la memoria… cosas de los siglos- dar el nombre del trazador y de los artífices de esta hermosa iglesia, rica en obras de arte y en fundaciones y de las más frecuentadas de la ciudad, dado lo privilegiado de su céntrica situación. Por supuesto, los cofrades de mi hermandad no eran ajenos a la suntuosidad de la iglesia y, ya fundidos con los cofrades de la hermandad del Nazareno, fomentaban grandemente mi culto, contando con lucida capilla propia. La escritura de concesión de dicha capilla está fechada en 28 de febrero de 1674, ante D. Gerónimo García de la Peña.

La esplendorosa cofradía de Ánimas de San Nicolás de Tolentino, Jesús Nazareno y Santa Cruz de Jerusalén se fundirá un siglo después con la Orden Tercera de Servitas. Su capilla en San Agustín era entonces espaciosa y rica en Candelería y arañas en el camarín del altar, en ella estaban el Divino Nazareno con la Cruz y la Virgen de los Dolores. Salía procesionalmente en la madrugada del Viernes Santo, a las cuatro de la mañana, para hacer estación de penitencia en la Iglesia Mayor Prioral.

Ya en el s. XIX decayó el culto y, por desplomo de la iglesia, en el año 1835 pasaron las imágenes de esta hermandad a la Prioral, donde fue reorganizada la cofradía en 1928.

Nuestro convento de San Agustín tras muchos años de abandono, con la consiguiente ruina del mismo, fue cedido por el Estado al Ayuntamiento de la ciudad para ser transformado en escuelas públicas durante el primer año del reinado de Alfonso XIII, si bien las obras de reedificación no comenzarían hasta los años 60 y finalmente inaugurarse el colegio nacional de San Agustín, de todos conocido y que en fechas muy recientes acaba de ser clausurado. Del antiguo convento solo se conserva el claustro como actual patio del colegio y la calle Alquiladores prolongó su trazado desde Larga hasta Jesús de los Milagros.

Bueno, a grandes rasgos era lo que pretendía contaros y espero pueda valeros para un mejor y mayor conocimiento de la historia de este, tan querido por mí, Puerto de María Santísima. Os doy las gracias por esta oportunidad brindada, que me ha permitido ponerme nuevamente en contacto con vosotros, y os dejo con este “moderno escribano” que ha tenido a bien el transcribir todo cuanto le fue indicado, pues me parece le gustaría apostillar algo. También dejo mi biografía (1) por si alguien estuviera interesado en conocerla.

Quedad todos con Dios.

Gracias padre Nicolás, a mí si me valió, no se los demás qué opinaréis…

Tras lo expuesto cabe preguntarse qué habrá sido de la venerada imagen de este Santo, titular de la actual cofradía de Jesús Nazareno, si se perdería junto con el convento, si pasaría trasladada a otro templo, o bien saldría del Puerto llevada por la comunidad Agustina tras la exclaustración. Podríamos preguntarnos también si tal vez el nombramiento de patrón y protector de las galeras reales lo tuvo San Nicolás de Tolentino y no el Divino Nazareno como últimamente se viene indicando, pudiendo haber sido “traspasado” con el paso del tiempo al ser hoy la cofradía de nazarenos parte única y principal en cuanto a cultos se refiere, mientras que el Santo agustino tan solo se mantiene en la denominación de la hermandad, de tal modo que recayeran sobre el hoy primer y principalísimo Titular de la cofradía, Ntro. Padre Jesús Nazareno, todos los honores recibidos por la hermandad antaño fusionada. En cualquier caso, nada se indica sobre ello en la documentación que pude consultar.

Nada que ver la estampa actual del conjunto de edificios contemporáneos cuyas fachadas asoman a la plaza del Castillo –sobre todo ese horrendo, nefasto y totalmente anacrónico que mira también a la calle Jesús- con la afortunadamente contemplada por nuestros antepasados en la segunda mitad del s. XVII y en pleno s. XVIII. Podemos imaginar una madrugada cualquiera de aquellos años y una plaza del Castillo repleta de fieles devotos, apenas iluminada por alguna que otra antorcha… ese cortejo de nazarenos de túnica morada ceñida por cinturón de esparto iluminando el camino con sus velas… de cómo surgía del interior del agustino templo la inconfundible silueta de Ntro. Padre Jesús Nazareno portado por sus cofrades… y tras Él su Santísima Madre de los Dolores acompañada por el apóstol San Juan… pausadamente se dirigían hacia la Iglesia Mayor desde donde, una vez realizada la estación de penitencia y tras recorrer diversas calles y plazuelas, encaminaría sus pasos a buen seguro hacia el río… hacia esa plaza de las Galeras… hacia aquel barrio de Guía para, tras casi rozar los muros y almenas del castillo algo más tarde, recogerse en su templo al despuntar el alba.

(1) http://www.churchforum.org.mx/santoral/Septiembre/1009.htm

Bibliografía: Historia del Puerto de Santa María, de D. Hipólito Sancho Mayi; El Puerto de Santa María en la literatura española, de D. Manuel Martínez Alfonso; Reseña histórica página Web del Consejo General de HH. y CC. de Sevilla; Reseña histórica página Web de la Hdad. del Silencio sevillana.

Hermano-menor

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